He dedicado varias de mis columnas anteriores a la Casa de Leguizamón que se derrumba a ojos vista ante la ineptitud del poder político, en plena esquina de Caseros y Florida. Y he destacado en más de una oportunidad el valor histórico, cultural y turístico de una Casa que albergó el pasado esplendor de familias salteñas autodenominadas beneméritas y cuyo encanto resaltó uno de sus visitantes ilustres, don Manuel Mujica Láinez.
Se trata de una Casa única en el norte argentino por su fuerza expresiva que muestra un estilo de vida signado por el buen gusto y la vocación europeísta de sus hacedores. De una Casa cuyo valor y encanto muchos pudimos comprobar recientemente visitando la exposición del mobiliario que engalanaba la Casa y que acaba de ser restaurado por artesanos salteños.
Subleva pensar que por la irrisoria suma de 1.500.000$ que costará la primera etapa de su refacción, sucesivos Gobiernos salteños hayan demorado diez años en abordar una obra fundamental. Adviértase que cuando califico de irrisoria a esa suma estoy pensando en lo que el señor Gobernador y sus recientes y antiguos fieles gastarán durante las sucesivas campañas electorales que se avecinan.
En realidad aquella demora, este presupuesto y la vía de la contratación directa utilizada por el Gobierno, retratan a una gestión que piensa mezquinamente en términos de poder y de imagen, que es experta en maquillarse diariamente, y que desdeña los conceptos de eficacia y eficiencia. En cualquier caso, y otorgando un voto de confianza al señor Ministro de Cultura, hay que celebrar el desbloqueo del trámite y el inminente inicio de las obras.
Un voto lógicamente supeditado a la opinión de los expertos que bien harían en publicar sus puntos de vista respecto al enfoque elegido para restaurar, a la idoneidad de la adjudicataria, a la calidad del proyecto, y a la división en varias etapas una operación de salvataje sobre cuya urgencia no existen dudas.
Añado que aquella visita a la espléndida exposición del mobiliario restaurado me permitió descubrir la fascinante personalidad de Agustina Palacio, santiagueña pero emparentada con los dueños de la Casa de Leguizamón en donde luce un retrato que la muestra impávida y de lejana belleza.
Agustina, casada a los 15 años con don José de Libarona, despertó pasiones innobles en Felipe Ibarra un sultán santiagueño del siglo XIX, rijoso como todos los sultanes, incluidos los salteños. Sus desventuras están evocadas en la espléndida novela “Polvo y espanto”, de Abelardo Arias, cuya lectura me atrevo a recomendar.
viernes, 4 de febrero de 2011
miércoles, 2 de febrero de 2011
La alianza que hace temblar a los poderosos
Estamos comenzando el año político, administrativo y judicial y es esta una oportunidad propicia para realizar balances y trazar objetivos. Puesto a extraer una conclusión referida a la Salta política contemporánea, diré que vivimos un tiempo de decadencia.
La destrucción del sistema de partidos, comenzada por el anterior Gobernador y continuada sutilmente por su sucesor, degrada nuestra política y ensombrece nuestro futuro. Constato, con pesar, que el señor Urtubey no ha querido eliminar el clientelismo, ni reformar el régimen electoral, ni construir vínculos sanos con la oposición, ni apostar por los comportamientos republicanos. Que no ha intentado siquiera cortar la dependencia de la vida política local tiene con los dineros públicos y privados.
Ha hecho justamente lo contrario, mejorando (si cabe la expresión) el régimen ideado por su ex amigo y antecesor.
El rígido control sobre los Intendentes, la construcción de colectoras electorales que, falsificando el pluralismo, llevan agua para el único molino habilitado (el Molino de Las Costas), los intentos por acallar disidencias, el vaciamiento intelectual de las campañas electorales, y su contrapartida: el acceso al poder como única meta, son parte del instrumental que usa sin empacho el señor Gobernador de Salta.
Conozco a muchos desalentados ante este panorama. Un panorama que, salvo un milagro, conduce a un nuevo mandato del señor Urtubey. Cuatro años más que el Gobernador, a no dudarlo, utilizará para perfeccionar su maquinaria y multiplicar su poder de modo de convertirse en 2015 en el Gran Elector que reemplace a la voluntad soberana de los salteños.
El desaliento no me alcanza. Sigo pensando que la democracia es un sistema que abre múltiples oportunidades de participación, de control y de transformaciones positivas. Sigo pensando que los sultanatos prosperan únicamente allí donde hay súbditos y no ciudadanos.
Por encima de este juego perverso donde los más audaces buscan un lugar bajo el benéfico sol de Las Costas, los salteños podemos construir instancias de participación y de control. Vale decir, recuperar nuestro rol de usuarios, de vecinos, de consumidores y de ciudadanos que exigen sus derechos y cumplen sus responsabilidades día a día.
La alianza entre los ciudadanos libres movilizados y los medios de comunicación independientes, como es fácil de comprobar, hace temblar a los poderosos. La luz disuelve las componendas. La organización social frena los abusos.
(Para FM Aries)
La destrucción del sistema de partidos, comenzada por el anterior Gobernador y continuada sutilmente por su sucesor, degrada nuestra política y ensombrece nuestro futuro. Constato, con pesar, que el señor Urtubey no ha querido eliminar el clientelismo, ni reformar el régimen electoral, ni construir vínculos sanos con la oposición, ni apostar por los comportamientos republicanos. Que no ha intentado siquiera cortar la dependencia de la vida política local tiene con los dineros públicos y privados.
Ha hecho justamente lo contrario, mejorando (si cabe la expresión) el régimen ideado por su ex amigo y antecesor.
El rígido control sobre los Intendentes, la construcción de colectoras electorales que, falsificando el pluralismo, llevan agua para el único molino habilitado (el Molino de Las Costas), los intentos por acallar disidencias, el vaciamiento intelectual de las campañas electorales, y su contrapartida: el acceso al poder como única meta, son parte del instrumental que usa sin empacho el señor Gobernador de Salta.
Conozco a muchos desalentados ante este panorama. Un panorama que, salvo un milagro, conduce a un nuevo mandato del señor Urtubey. Cuatro años más que el Gobernador, a no dudarlo, utilizará para perfeccionar su maquinaria y multiplicar su poder de modo de convertirse en 2015 en el Gran Elector que reemplace a la voluntad soberana de los salteños.
El desaliento no me alcanza. Sigo pensando que la democracia es un sistema que abre múltiples oportunidades de participación, de control y de transformaciones positivas. Sigo pensando que los sultanatos prosperan únicamente allí donde hay súbditos y no ciudadanos.
Por encima de este juego perverso donde los más audaces buscan un lugar bajo el benéfico sol de Las Costas, los salteños podemos construir instancias de participación y de control. Vale decir, recuperar nuestro rol de usuarios, de vecinos, de consumidores y de ciudadanos que exigen sus derechos y cumplen sus responsabilidades día a día.
La alianza entre los ciudadanos libres movilizados y los medios de comunicación independientes, como es fácil de comprobar, hace temblar a los poderosos. La luz disuelve las componendas. La organización social frena los abusos.
(Para FM Aries)
jueves, 23 de diciembre de 2010
La Corte reformula el derecho colectivo del trabajo
Con su decisión de proteger especialmente a los trabajadores que son despedidos en virtud de actos discriminatorios la Corte Suprema de Justicia de la Nación, al resolver un caso de despido antisindical, acaba de introducir un cambio sustancial dentro del sistema argentino de relaciones laborales.
La sentencia a la que me refiero, dictada el 7 de diciembre de 2010, declara que la Ley 23.592 sobre actos discriminatorios (sancionada en tiempos del Presidente Raúl Alfonsín) es aplicable incluso a las relaciones contractuales que se tejen en el ámbito privado. Nuestro más alto tribunal añade que la nulidad de los despidos discriminatorios y la subsiguiente obligación de readmitir, no violan el derecho constitucional de los empleadores a contratar y a ejercer toda industria lícita.
Algunas voces vinculadas a las organizaciones empresariales argentinas han manifestado su estupor y su rechazo ante dicha Sentencia. Lo hacen, apelando al argumento manido e incierto de que limitar el derecho a despedir amenaza las bases de la economía de mercado. Esas voces son, como se sabe, partidarias de un conjetural despido libre y gratuito, pese a su radical anticonstitucionalidad.
Quienes así descalifican el fallo que comento, ignoran que en la mayoría de los países más avanzados (incluidos los EEUU y los de la UE), el despido discriminatorio es fulminado como nulo. Así, por ejemplo, el Estatuto de los Trabajadores de España establece que “será nulo el despido que tenga por móvil algunas de las causas de discriminación prohibidas en la Constitución o en la Ley” (artículo 56.5).
Dejando de lado estas críticas, pienso que la CSJN, al rodear a estos derechos de una tutela efectiva que repara los daños y restablece su plena vigencia en el ámbito de la empresa, ha dado un paso de gigante en defensa de los derechos fundamentales.
Si bien la Corte ha centrado su argumentación en los términos de la citada Ley 23.592, no hay duda de que el fallo consagra una especial protección en favor de la libertad sindical entendida como el derecho a constituir sindicatos y a desplegar las acciones que le son propias.
Me atrevería, sin embargo, a formular una observación: La pervivencia del monopolio que identifica al así llamado “modelo sindical argentino”, resta brillo republicano a la Sentencia, aun cuando es verdad que la misma Corte viene abriendo los caminos para que el artículo 14 bis de la Constitución sea una realidad en el ámbito de las relaciones laborales.
Los sucesivos fallos de la CSJN son, de alguna manera, un llamado a la responsabilidad del Congreso de la Nación para que, más temprano que tarde, aborde la tarea de poner a nuestra Ley sindical en sintonía con la Constitución.
La sentencia a la que me refiero, dictada el 7 de diciembre de 2010, declara que la Ley 23.592 sobre actos discriminatorios (sancionada en tiempos del Presidente Raúl Alfonsín) es aplicable incluso a las relaciones contractuales que se tejen en el ámbito privado. Nuestro más alto tribunal añade que la nulidad de los despidos discriminatorios y la subsiguiente obligación de readmitir, no violan el derecho constitucional de los empleadores a contratar y a ejercer toda industria lícita.
Algunas voces vinculadas a las organizaciones empresariales argentinas han manifestado su estupor y su rechazo ante dicha Sentencia. Lo hacen, apelando al argumento manido e incierto de que limitar el derecho a despedir amenaza las bases de la economía de mercado. Esas voces son, como se sabe, partidarias de un conjetural despido libre y gratuito, pese a su radical anticonstitucionalidad.
Quienes así descalifican el fallo que comento, ignoran que en la mayoría de los países más avanzados (incluidos los EEUU y los de la UE), el despido discriminatorio es fulminado como nulo. Así, por ejemplo, el Estatuto de los Trabajadores de España establece que “será nulo el despido que tenga por móvil algunas de las causas de discriminación prohibidas en la Constitución o en la Ley” (artículo 56.5).
Dejando de lado estas críticas, pienso que la CSJN, al rodear a estos derechos de una tutela efectiva que repara los daños y restablece su plena vigencia en el ámbito de la empresa, ha dado un paso de gigante en defensa de los derechos fundamentales.
Si bien la Corte ha centrado su argumentación en los términos de la citada Ley 23.592, no hay duda de que el fallo consagra una especial protección en favor de la libertad sindical entendida como el derecho a constituir sindicatos y a desplegar las acciones que le son propias.
Me atrevería, sin embargo, a formular una observación: La pervivencia del monopolio que identifica al así llamado “modelo sindical argentino”, resta brillo republicano a la Sentencia, aun cuando es verdad que la misma Corte viene abriendo los caminos para que el artículo 14 bis de la Constitución sea una realidad en el ámbito de las relaciones laborales.
Los sucesivos fallos de la CSJN son, de alguna manera, un llamado a la responsabilidad del Congreso de la Nación para que, más temprano que tarde, aborde la tarea de poner a nuestra Ley sindical en sintonía con la Constitución.
jueves, 16 de diciembre de 2010
Oligarquías
Un amigo que tiene a bien escuchar mis columnas en “Compartiendo su Mañana”, me manifiesta su sorpresa porque en varias de ellas usé el término oligarquía, una palabra que parece haber perdido su fuerza y el prestigio ganado en ciertos círculos intelectuales de señalada influencia en los años sesenta y setenta.
Según los diccionarios, oligarquía es el gobierno de unos pocos, ya se trate de una familia o de una casta. Por extensión, la oligarquía es un grupo que, además del Gobierno, logra controlar los resortes del poder económico e imponer pautas de actuación social.
En Salta, a lo largo de nuestra historia, la palabra se cargó de significados levemente diferentes.
Así, fue utilizada por uno de los dos partidos hegemónicos en el siglo XIX (el orticismo) para referirse a sus adversarios (los Uriburu). Más tarde, en los años sesenta, fue usada para denostar simultáneamente a los herederos de aquellos dos viejos partidos/familias. En realidad, en estos años, la palabra servía para identificar, con sentido peyorativo, a las autodenominadas familias beneméritas.
Desde entonces y como es notorio, las cosas han cambiado mucho en nuestra Provincia. No obstante, cabría preguntarse si estos avatares han hecho desaparecer o no a la oligarquía. Sin pretender responder a esta pregunta, me atrevería a adelantar que hay nuevos grupos que detentan el poder (no sólo político) con pretensión hegemónica propia de las oligarquías.
Para identificarlos, más que repasar la lista de altas autoridades de los últimos treinta años, habría que referirse a cuatro atributos esenciales: El primero es la ambición por poseer grades extensiones de tierras compradas a buen precio. El segundo es la voracidad por el agua para regar plantaciones y mansiones. El tercero, es la relación de distante desprecio que sus agentes mantienen con el común de los mortales. El último, la pretensión (a veces lograda) de vivir por encima de la ley.
Hay muchos trabajos históricos sobre la propiedad de tierras, pocos dedicados a los derechos de agua, pero ninguno referido a la fascinante trayectoria de la segunda mitad del siglo XX.
Si alguien se tomara la tarea de bucear en nuestra realidad política y económica, seguro que podría construir un mapa de los nuevos individuos y grupos que concentran el poder con vocación excluyente. Y podría, además, identificar los territorios donde se asientan los nuevos poderosos que han sucedido a los que antaño reinaban desde La Caldera.
Los eventuales investigadores de este fenómeno salteño, tropezarían con una dificultad: La inexistencia de un marco teórico que vincule oligarquía y desprecio. Una carencia que probablemente se deba a que en otras latitudes, los poderosos, más inteligentes y antiguos que los locales, no ejercen el desprecio social como manifestación de su poder superior.
Según los diccionarios, oligarquía es el gobierno de unos pocos, ya se trate de una familia o de una casta. Por extensión, la oligarquía es un grupo que, además del Gobierno, logra controlar los resortes del poder económico e imponer pautas de actuación social.
En Salta, a lo largo de nuestra historia, la palabra se cargó de significados levemente diferentes.
Así, fue utilizada por uno de los dos partidos hegemónicos en el siglo XIX (el orticismo) para referirse a sus adversarios (los Uriburu). Más tarde, en los años sesenta, fue usada para denostar simultáneamente a los herederos de aquellos dos viejos partidos/familias. En realidad, en estos años, la palabra servía para identificar, con sentido peyorativo, a las autodenominadas familias beneméritas.
Desde entonces y como es notorio, las cosas han cambiado mucho en nuestra Provincia. No obstante, cabría preguntarse si estos avatares han hecho desaparecer o no a la oligarquía. Sin pretender responder a esta pregunta, me atrevería a adelantar que hay nuevos grupos que detentan el poder (no sólo político) con pretensión hegemónica propia de las oligarquías.
Para identificarlos, más que repasar la lista de altas autoridades de los últimos treinta años, habría que referirse a cuatro atributos esenciales: El primero es la ambición por poseer grades extensiones de tierras compradas a buen precio. El segundo es la voracidad por el agua para regar plantaciones y mansiones. El tercero, es la relación de distante desprecio que sus agentes mantienen con el común de los mortales. El último, la pretensión (a veces lograda) de vivir por encima de la ley.
Hay muchos trabajos históricos sobre la propiedad de tierras, pocos dedicados a los derechos de agua, pero ninguno referido a la fascinante trayectoria de la segunda mitad del siglo XX.
Si alguien se tomara la tarea de bucear en nuestra realidad política y económica, seguro que podría construir un mapa de los nuevos individuos y grupos que concentran el poder con vocación excluyente. Y podría, además, identificar los territorios donde se asientan los nuevos poderosos que han sucedido a los que antaño reinaban desde La Caldera.
Los eventuales investigadores de este fenómeno salteño, tropezarían con una dificultad: La inexistencia de un marco teórico que vincule oligarquía y desprecio. Una carencia que probablemente se deba a que en otras latitudes, los poderosos, más inteligentes y antiguos que los locales, no ejercen el desprecio social como manifestación de su poder superior.
Mi tía Sarita
Desde muy joven mi tía Sara Adela se rebeló contra el orden establecido negándose a estudiar magisterio y declarándose inútil para las labores manuales típicamente femeninas como el coser y el bordar.
Mientras su rebeldía maduraba, se zambulló en la bien surtida biblioteca hogareña, dispuesta a no respetar las prohibiciones dictadas por las autoridades eclesiástica y familiar. Fue así que leyó, por primera vez, al anatematizado Gabriel D’ANUNZIO, al excomulgado José María VARGAS VILA, y al pecador Alejandro DUMAS; también a Emilio SALGARI, tolerado por las furias.
Eran tiempos en donde el control de las lecturas corría a cargo de la Iglesia que su limitaba a publicar, en la puerta de los templos, listados de autores prohibidos y a augurar los fuegos del infierno a todo aquel que contraviniera su vetos absolutos. Fue bastante después, en los años 70, cuando ciertos Coroneles iletrados y de triste memoria decidieron quemar libros en plena Plaza 9 de Julio, y obligaron a otros perseguidos a la penosa auto-incineración de textos sospechados.
Sara Adela, sintiendo verdadero horror a convertirse en un retrato robot de la típica niña de provincias, rechazó enfáticamente seguir el plan al que por ese entonces debían someterse las jóvenes de la clase media salteña y logró que sus padres aceptaran su decisión de viajar a Buenos Aires para estudiar Filosofía y Letras.
Quiso trabajar (y trabajó) mientras cursaba la carrera (tenía la obsesión de contribuir a la modesta economía de su familia en Salta), y pronto se liberó de las agobiantes reglas del Colegio de Señoritas en donde se albergó nada mas llegar. Su salud le impidió concluir su carrera, pero pudo asistir a clases de personalidades como Ricardo ROJAS o Cristofredo JACKOB, y a disertaciones de Alicia MOREAU de JUSTO y Rabindranath TAGORE, que influyeron en su visión de la vida y del mundo.
Agobiada por la interrupción de sus estudios, regresó a Salta donde volvió a rechazar ofrecimientos para desempeñarse como maestra que terminaron de decidirla a trasladarse a Córdoba a seguir la carrera de Odontología. Así fue como, afortunadamente para ella y su familia, terminó convirtiéndose en la primera dentista salteña que ejerció en la ciudad.
Aunque había decidido no hablar nunca de ello, se enamoró como solamente lo hace una mujer independiente, una tercera mujer, pero un drama le arrebató a su amor y la sumió en una profunda tristeza. Hasta que llegó de Polonia el magnífico caballero que sería su marido hasta el fin de sus días.
Le apasionaba tanto lo local como lo universal, y vivió las tensiones de una auténtica cosmopolita. Volcó sus esfuerzos solidarios con la gente y con la Iglesia del pueblo de sus amores (Coronel Moldes). Albergó a muchos europeos, generalmente médicos, que huían con sus familias de la gran guerra y de sus consecuencias ulteriores.
Se enroló, sin que ello desmintiera su juventud rebelde, en el sector mas avanzado de la democracia cristiana y participó activamente desde allí en la política salteña, bien es verdad que con las restricciones que imponían la pertenencia a un partido de ideas y minoritario.
Sobresalió siempre por su elegancia, por sus modales refinados y por el toque femenino que sabía dar a todas sus actividades sociales y profesionales. Fue una excelente anfitriona (poseyó el arte de recibir) y una amena, culta e incansable conversadora. Sin embargo, sus tertulias poco tenían que ver con los clásicos y consabidos te-canasta que convocaban ciertas damas de su generación.
Recorrió el mundo y sus regresos eran motivo de enormes reuniones familiares en donde sus sobrinos disfrutábamos de sus detallados relatos de las ciudades ultramarinas que visitaba, siendo Roma (sus iglesias), Cracovia (sus jardines) y el Palacio de la Princesa LUBOMIRSKI los sitios que describía lujosamente. En los años 70 volvió a viajar, pero esta vez su principal motivación era estar cerca de sus familiares exiliados en Madrid.
Soy varias veces deudor de Sara Adela. No sólo por aquellas visitas solidarias, sino desde el punto de vista de mi acotada cultura literaria: Ella fue quién me “presentó” a Gabriel D’ANUNZIO (autor que a sus 95 años seguía leyendo en italiano) y, fallecida ya y gracias a la entrevista que le hicieran las profesoras Raquel ADET y Miriam CORBACHO, me condujo al espléndido José María VARGAS VILA y a sus poemas sinfónicos.
Mientras su rebeldía maduraba, se zambulló en la bien surtida biblioteca hogareña, dispuesta a no respetar las prohibiciones dictadas por las autoridades eclesiástica y familiar. Fue así que leyó, por primera vez, al anatematizado Gabriel D’ANUNZIO, al excomulgado José María VARGAS VILA, y al pecador Alejandro DUMAS; también a Emilio SALGARI, tolerado por las furias.
Eran tiempos en donde el control de las lecturas corría a cargo de la Iglesia que su limitaba a publicar, en la puerta de los templos, listados de autores prohibidos y a augurar los fuegos del infierno a todo aquel que contraviniera su vetos absolutos. Fue bastante después, en los años 70, cuando ciertos Coroneles iletrados y de triste memoria decidieron quemar libros en plena Plaza 9 de Julio, y obligaron a otros perseguidos a la penosa auto-incineración de textos sospechados.
Sara Adela, sintiendo verdadero horror a convertirse en un retrato robot de la típica niña de provincias, rechazó enfáticamente seguir el plan al que por ese entonces debían someterse las jóvenes de la clase media salteña y logró que sus padres aceptaran su decisión de viajar a Buenos Aires para estudiar Filosofía y Letras.
Quiso trabajar (y trabajó) mientras cursaba la carrera (tenía la obsesión de contribuir a la modesta economía de su familia en Salta), y pronto se liberó de las agobiantes reglas del Colegio de Señoritas en donde se albergó nada mas llegar. Su salud le impidió concluir su carrera, pero pudo asistir a clases de personalidades como Ricardo ROJAS o Cristofredo JACKOB, y a disertaciones de Alicia MOREAU de JUSTO y Rabindranath TAGORE, que influyeron en su visión de la vida y del mundo.
Agobiada por la interrupción de sus estudios, regresó a Salta donde volvió a rechazar ofrecimientos para desempeñarse como maestra que terminaron de decidirla a trasladarse a Córdoba a seguir la carrera de Odontología. Así fue como, afortunadamente para ella y su familia, terminó convirtiéndose en la primera dentista salteña que ejerció en la ciudad.
Aunque había decidido no hablar nunca de ello, se enamoró como solamente lo hace una mujer independiente, una tercera mujer, pero un drama le arrebató a su amor y la sumió en una profunda tristeza. Hasta que llegó de Polonia el magnífico caballero que sería su marido hasta el fin de sus días.
Le apasionaba tanto lo local como lo universal, y vivió las tensiones de una auténtica cosmopolita. Volcó sus esfuerzos solidarios con la gente y con la Iglesia del pueblo de sus amores (Coronel Moldes). Albergó a muchos europeos, generalmente médicos, que huían con sus familias de la gran guerra y de sus consecuencias ulteriores.
Se enroló, sin que ello desmintiera su juventud rebelde, en el sector mas avanzado de la democracia cristiana y participó activamente desde allí en la política salteña, bien es verdad que con las restricciones que imponían la pertenencia a un partido de ideas y minoritario.
Sobresalió siempre por su elegancia, por sus modales refinados y por el toque femenino que sabía dar a todas sus actividades sociales y profesionales. Fue una excelente anfitriona (poseyó el arte de recibir) y una amena, culta e incansable conversadora. Sin embargo, sus tertulias poco tenían que ver con los clásicos y consabidos te-canasta que convocaban ciertas damas de su generación.
Recorrió el mundo y sus regresos eran motivo de enormes reuniones familiares en donde sus sobrinos disfrutábamos de sus detallados relatos de las ciudades ultramarinas que visitaba, siendo Roma (sus iglesias), Cracovia (sus jardines) y el Palacio de la Princesa LUBOMIRSKI los sitios que describía lujosamente. En los años 70 volvió a viajar, pero esta vez su principal motivación era estar cerca de sus familiares exiliados en Madrid.
Soy varias veces deudor de Sara Adela. No sólo por aquellas visitas solidarias, sino desde el punto de vista de mi acotada cultura literaria: Ella fue quién me “presentó” a Gabriel D’ANUNZIO (autor que a sus 95 años seguía leyendo en italiano) y, fallecida ya y gracias a la entrevista que le hicieran las profesoras Raquel ADET y Miriam CORBACHO, me condujo al espléndido José María VARGAS VILA y a sus poemas sinfónicos.
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