lunes, 22 de marzo de 2010

Evita y Cristina

Los mismos que tiempo atrás decían que si Evita viviera sería montonera, pretenden hoy que doña Cristina, nuestra Presidente, es lisa y llanamente Evita, desconociendo que Evita prometió volver en millones y no reencarnarse en una.

Dejando de lado el análisis del ideario político de ambas que, en mi opinión, mostraría diferencias abismales, me referiré aquí a aspectos si se quiere menores.

Es cierto que ambas comparten una pasión por el vestuario lujoso. Una pasión que las acerca al pomposo estilo de las antiguas monarquías y las aleja de la sobriedad republicana.

No obstante, quién se adentre en este asunto, que dista de ser un asunto de peluquería de señoras, podrá advertir que el vestuario de Evita era escueto en relación con el fenomenal despliegue que doña Cristina exhibe en actos protocolarios pero también en su vida cotidiana.

Si Evita lució su cabellera engalanada por grandes peluqueros, su belleza resplandecía aún más cuando se soltaba el desbordante pelo. Por el contrario, doña Cristina va siempre de peluquería y exhibe el cotidiano esfuerzo de maestros en el arte de maquillar.

Las deferencia, más allá del tiempo, también la idea de belleza femenina.

Evita, quizá por convicciones de época o porque su juventud lo hizo innecesario, no recurrió a las cirugías estéticas que hoy fatigan el rostro y la estampa de la igualmente esbelta señora Presidente.

Mientras Evita sentía hondamente la pobreza, por haberla padecido, y mostraba su cariño hacia los “descamisados” cuyo trato buscaba afanosamente, doña Cristina luce distante de los pobres y sólo frecuenta a sindicalistas cuya condición de cabecitas negras aparece disimulada por las canas y el atuendo.

Pero hay todavía un punto más en este inventario apresurado de semejanzas y contrastes entre dos mujeres de indudable influencia en sus respectivos siglos. Me refiero al amor, o mejor dicho, a las muestras exteriores de amor hacia sus respectivos maridos.

Y conste que las apreciaciones que siguen para nada pretenden inmiscuirse en la vida privada ni en las intimidades de ninguna de ellas, sino que apuntan a referir situaciones patentes para cualquier observador externo.

En este sentido, además de otros factores reconocidos, la historia de Evita es la historia de su abrazador amor por el General Perón, patentizada en sus gestos en las tribunas, en los dichos de sus discursos más enfervorizados, y en las sobrecargadas páginas de “La razón de mi vida”.

Un amor cargado de romanticismo, que contrasta con otro matizado con pinceladas de vulgaridad de barrio nuevo y frialdad patagónica.

(Para FM Aries)

1 comentario:

Estela dijo...

Estimadìsimo amigo Armando, voy a reconocer las dificultades que la realidad nos opone al disponernos a abordar una temàtica tan àlgida: "Evita y Cristina". No voy a sentarme en la còmoda silla de "Miranda y Miròn" (recordàs a Ma. Elena Walsh?). No desconozco el logrado equilibrio de tu prolijidad al momento de intentar -levemente- un ideario comparativo entre ambas... No puedo ocultar, de ningùn modo, que me quedè con sed despuès de leerte. Posiblemente sea el resabio de mi inmadurez en este àmbito. Me molesta la conjunciòn copulativa "y"; ella -de alguna manera- las pone en un pie de igualdad frente al criterio comùn. Y esto es un imposible total! No nos referimos a Susana Gimenez y Moria Casàn (sin subestimar, para nada, sus grandiosas y bellas figuras del arte revisteril y mediàtico). Evita es un capìtulo no comparable en nuestra historia. Nuestra Presidente es de otro gènero, lamentablemente.
Con afecto
Estela Fernàndez Molina