sábado, 19 de mayo de 2018

NUESTRO DESQUICIADO SISTEMA DE PRECIOS

José Armando Caro Figueroa
Abogado laboralista


La Argentina carece, a estas alturas, de un diagnóstico global que ayude a entender nuestras penurias económicas y sociales, y a visualizar nuestro futuro. Carece, además y sobre todo, de un programa coherente y sólido orientado a reordenar nuestro desquiciado sistema de precios.
La persistencia de la alta inflación, la reciente crisis cambiaria, la impericia de sectores del gobierno y la liviandad política de la oposición, han hecho patente aquella ausencia de un diagnóstico que muestre cuál es la situación (y la probable evolución) de todas y cada una de las variables relevantes. Me refiero a los indicadores locales e internacionales que influyen -insoslayablemente- en nuestras vidas de ciudadanos, de productores y de consumidores.
Carecen de un diagnóstico de tal envergadura el Gobierno Macri -como lo patentiza la estructura del gabinete ministerial- y sus aliados, tanto como la oposición peronista en sus inescrutables variantes. A su vez, el debate público resulta oscurecido por los gritos y susurros de los intereses sectoriales; por un ruido ensordecedor que muchas veces dificulta distinguir las demandas legítimas de las pretensiones oscuras.
La búsqueda del imprescindible diagnostico global debiera, en mi opinión, bucear en nuestro desquiciado sistema de precios, en cada uno de sus componentes, y en las reglas formales e informales que lo configuran y le dan vida.
Corporativismo y especulación
Una somera observación permite comprobar que la inmensa mayoría de nuestros precios reconoce tres fuentes: Las presiones corporativas, los desenfrenos especulativos (que se resisten a cualquier marco de racionalidad, de coordinación y de solidaridad), y las decisiones del Estado que actúa colonizado por intereses o por los arbitristas de turno, reforzados, de cuando en cuando, por la intervención de jueces activistas.
Sucede que, por lo general, los precios argentinos (de la moneda, de los factores de la producción, de los bienes y de los servicios) no resisten comparaciones con lo que sucede en otros países. Tampoco responden a criterios razonables asentados sobre la productividad, la rentabilidad o las necesidades de reparación social o territorial.
Lo cierto es que nuestro caótico sistema de precio provoca ganadores y perdedores; ganadores que suelen consolidar sus ventajas merced a la febril actividad de las grandes corporaciones y de discretos influyentes. Este desorden estructural es, en buena medida, responsable de nuestro subdesarrollo, de nuestro escepticismo y de nuestros conflictos viscerales. Cuando a este esbozo le añadimos la ausencia de incentivos al esfuerzo y al talento y, por ejemplo, la propensión salteña al amiguismo y al nepotismo, tenemos un cuadro francamente desolador.
Hoy por hoy, y tras décadas de manipulación de precios, no se visualiza en el horizonte un eventual surgimiento de consensos acerca de qué está sucediendo y qué hay que hacer para poner fin a una tendencia que profundiza nuestro aislamiento y las grietas abiertas por las injusticias y los comportamientos oportunistas propios de la versión gauchesca del capitalismo de amigos.
En este escenario, cualquier sugerencia orientada a recomponer el sistema de precios es vista o presentada como el preanuncio de ajustes neoliberales que, por definición, se auguran invariablemente salvajes y dañinos para todos.
Tengo la convicción de que los precios de nuestra moneda, del capital prestable, de los servicios de logística, de los que se derivan de nuestra estructura de comercialización y de la cartelización de ciertos servicios, y de los impuestos (o sea, del coste de un Estado ineficiente y depredador de la producción y del trabajo), por no citar sino los más acuciantes, están en la raíz de nuestras penurias e incertidumbres.
Otro tanto ocurre con los precios que vienen impuestos por nuestra estructura de comercialización y por la cartelización de ciertas comisiones en el sector de los servicios. Sin olvidar los efectos negativos de la envejecida y decrepita negociación colectiva laboral que, desde hace varias décadas, sólo intenta resguardar a los trabajadores en blanco de los efectos de la inflación. Y que solo se mantiene viva en virtud del pacto no escrito suscripto entre la gran patronal industrial y los sindicatos oficiales oficialistas.
¿Administrar el modelo kirchnerista?
En este espinoso terreno, el gobierno del presidente Macri, tras resolver los problemas de algunos productores agrícolas y de algunos acreedores del Estado, se ha centrado en diseñar planes bien intencionados (el Plan Belgrano o el plan para dignificar los asentamientos son buenos ejemplos) que tropiezan con trabas financieras o dificultades de gestión.
Pero, en realidad, el mayor énfasis de la actual gestión está puesto en “administrar” el modelo kirchnerista. A esta opción de gobierno –que se le ha dado en llamar gradualismo-, hay que atribuir la ratificación y mantenimiento del insoportable y sesgado cuadro de ganadores y perdedores, dentro del cual sobresalen millones de habitantes del Norte argentino.
Parece evidente, a estas alturas, que ni la más prolija administración está en condiciones de salvar el modelo kirchnerista. Al menos si se pretende relanzar la producción y el empleo, y reducir drásticamente la pobreza.
Parece, además, que ha legado el tiempo de que el gobierno de la Nación tome el toro por los cuernos y proponga a la ciudanía y a la oposición constitucional un conjunto de objetivos compatibles y un programa integral de reformas. No se trata de dibujar en la pizarra una serie de enunciados. Tampoco de imponer al país las recetas de iluminados que ven entre cuarto conformables paredes.
El modelo de capitalismo de amigos, cerrado al mundo y con compensaciones reales (algunas) y aparentes (otras) que la inflación, el desempleo y el trabajo en negro licuan, ha llegado a su fin.
Vaqueros, 9 de mayo de 2018.

1 comentario:

GUSTAVO DIAZ dijo...

DR:
Los precios están desquiciados por la ineficiencia de muchos sectores rentísticos.
Saludos.