domingo, 30 de diciembre de 2012

El peligroso intento de aniquilar los disensos

Cuando quienes gobiernan se consideran propietarios de La Verdad tratan, por todos los medios, de imponer sus ideas a las que presentan aureoladas de todas las virtudes. Es así como se empeñan en transformar sus postulados en mensajes de propaganda orientados a cautivar a las masas. En un escenario tal, los creativos y el marketing político desplazan a los principios y a los programas electorales.

Aunque este tipo de prácticas pone en riesgo a la democracia, es muy probable que cuando esto sucede en las sociedades políticamente cultas sus ciudadanos encuentren pronto los caminos para desplazar a los demagogos, recuperar los valores y reinstalar el debate de ideas en el núcleo de la política.

Por el contrario, en las sociedades más rudimentarias es frecuente que aquel remplazo de la política por la propaganda se conecte con el mesianismo; llegado este momento, sus cultores procuran suprimir los disensos y, de paso, aniquilar a los disidentes.

Como difícilmente exista hoy una sociedad que tolere la quema de libros o el encarcelamiento de rebeldes, el régimen unitario optará por controlar a los medios de comunicación (incluido Internet) o, incluso, por encomendar a los jueces el acallamiento de los disidentes.

Es entonces cuando desde el vértice del poder parte la orden de domesticar a los partidos políticos y a los sindicatos, de amedrentar a las organizaciones de intereses, de copar los colegios profesionales y las asociaciones civiles, de impartir la buena doctrina en las escuelas, de desacreditar a los opositores que, impenitentes, se empeñen en marcar rumbos diferentes apartándose del discurso oficial.

Los poseedores de La Verdad, encaramados en el aparato del Estado (en uno o más de los poderes constituidos), deciden “ir por todo” y proclaman en voz alta la legitimidad de la guerra santa contra el error y la herejía.

El pluralismo, la alternancia, la independencia de los jueces, la libertad de prensa, el disenso e incluso el diálogo son las primeras víctimas de la feroz cruzada. Por supuesto, si el país que cae bajo las garras de este tipo de liderazgos mesiánicos cuenta con una Carta democrática y republicana, el “mensaje” uniformador hablará de la necesidad de abolir la Constitución, que será presentada como un obstáculo a la marcha de La Verdad, la Bondad y la Felicidad que día y noche procuran quienes mandan.

Da igual que los detentadores del poder profesen ideas de izquierda o de derecha que, dicho sea de paso, abandonaran pronto para deificar las ordenes de quién paulatinamente va adquiriendo la fisonomía de un dictador.

Las crisis profundas y las situaciones de riesgo colectivo son ocasión propicia para verticalizar el poder y las ideas, como lo muestra la emergencia, por ejemplo en Europa, de un “pensamiento único” que propone que los costos de la crisis económica sean pagados por los trabajadores y por el Estado de Bienestar. En el viejo continente son legión los gobernantes que abandonan precipitadamente antiguas convicciones de mercado, para poner al Estado al servicio de la decisión de hacer recaer las consecuencias sobre las víctimas y nunca sobre los responsables de la grave crisis. 

Allí y aquí hay muchos que en nombre del pragmatismo están dispuestos a aceptar que es más cómodo y eficaz gobernar sin disensos, sin controles, sin ruedas de prensa, con mayorías absolutas, con jueces complacientes; muchos líderes que han renunciado a ser amados y prefieren ser temidos por los ciudadanos. Sobre todo si de lo que se trata es de hacer realidad La Verdad invariablemente benéfica.

Una terrible conjura
Pero todo aquello no es más que una enorme conspiración intelectual contra la Democracia, la Paz y el Futuro. Pretender que hay una, y solo una, solución a los problemas que enfrentan nuestras sociedades del siglo XXI es, además de radicalmente falso, una vía que empobrece y termina arrastrando al precipicio a las naciones que caen presas del “pensamiento único”.

Tanto el problema de la moneda única en Europa, como el de los salarios y la inflación en la Argentina admiten más de una solución. Los ciudadanos, los intelectuales, los políticos deberíamos tener la oportunidad de debatir –sin descalificaciones ni amenazas- las diversas alternativas.   

Los divorcios peronistas
A lo largo de los últimos 70 años de historia argentina, las relaciones entre el peronismo y la democracia constitucional han oscilado entre el desprecio a las formas republicanas y los intentos de democratizar prácticas de gobierno. Hoy, el “cuarto peronismo” parece recaer en la tentación autoritaria, a juzgar por sus ataques a la independencia judicial, a la Constitución y a las libertades fundamentales. Mientras algunos de mis amigos, buscando explicaciones a lo inexplicable, releen el “La Comunidad Organizada”, descubro en “La paradoja democrática” de Chantal MOUFFE, que la Presidenta Kirchner consulta a diario, un rayo de luz que me ilumina brevemente.

Sucede que en la cima del poder las ideas e intuiciones del General han sido remplazadas, en un alarde imprudente, por nuevos dogmas radicales construidos en "la otra" Europa para ser exportados al “tercer mundo”.

 

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