Carezco de toda simpatía por la ley del talión. Tanto en su versión clásica ("ojo por ojo, diente por diente"), como en cualquiera de sus versiones modernas. Señaladamente por aquella que reza "persigo y daño mientras pueda a aquel que me persiguió y daño mientras pudo".
En realidad, esta antigua ley es expresión burda de la venganza y del odio individual o grupal. La versión moderna que cito, añade un elemento más de crueldad: la pretensión de ejercer la venganza eternamente o, al menos, mientras lo permitan las circunstancias fácticas o políticas.
Vale decir tan antipática ley pregona, además, la desaparición del instituto de la prescripción en un cruel intento de plasmar en el ordenamiento legal el odio infinito.
Se trata, a mi modo de ver, de la simple y llana abolición de todo el derecho penal moderno y, como tal, parece anclada en pequeños círculos o anida en individuos poseídos por la ira tan infecunda como peligrosa.
Sin embargo, todas las alertas cívicas deben encenderse cuando la Ley del Talión se instalada en un gobierno o amenaza con intoxicar a la administración de justicia de los modernos estados democráticos y de derecho.
La reciente detención preventiva del ex ministro de la dictadura, doctor José Alfredo Martínez de Hoz, reclamada por la más alta magistratura ejecutiva (en abierto desprecio a la división de los poderes) y dispuesta por un juez federal, suena a cruel y tardía venganza, como lo ha explicado el Colegio de Abogados de la Ciudad de Buenos Aíres, en declaración que no puedo menos que compartir.
Quizá sea preciso advertir que nada, ideológico, histórico o político, me une al detenido. Me separan del doctor Martínez de Hoz su activa y determinante adhesión al golpe militar de 1976, su política económica, laboral y sindical, su silencio frente a los crímenes aberrantes cometidos en sus tiempos de ministro.
Pero no puedo asistir en silencio al espectáculo que brindan los ocasionales triunfadores de la atroz guerra desatada en los años 70 abusando del poder para castigar a sus enemigos de entonces y de ahora.
Extraño "progresismo" este que nos gobierna convencido de la necesidad y bondad de implantar un derecho penal fundado en el odio para los vencidos y otro derecho penal benigno para los vencedores.
Soy de los que piensan que los militares liderados por la Junta de 1976, además de sus crímenes, arrastran la responsabilidad de haber derrocado a un gobierno -malo, pero constitucional-, plegándose, en ambos casos, a la lógica salvaje de quienes ejercieron el terrorismo con la pretensión de imponer sus ciertamente pobres ideas.
Cuando los militares de brazo armado de la república se transformaron en dictadores, cuando de soldados de la ley se rebajaron al secuestro y la tortura, hicieron un daño inconmensurable a la Nación y a la institución Fuerzas Armadas. Su fracaso comenzó, precisamente, cuando se plegaron a los métodos que decían combatir.
De allí que la democracia no pueda ni deba pagar con la misma moneda a quienes despreciaron la ley. El doctor José Alfredo Martínez de Hoz, más allá de su ideología y de su historia, merece todas las garantías del Estado democrático de derecho.
jueves, 27 de mayo de 2010
miércoles, 26 de mayo de 2010
Colegio Nacional de Salta
Que nuestra profesora de música del secundario vuelva, cincuenta años después, a dirigirnos mientras cantamos el Himno Nacional es ciertamente un hecho inusual, pero de enorme significación emotiva. Tanto como asistir al ingreso de la bandera argentina portada con singular gallardía por el doctor José Vicente Solá, egresado en 1949.
Tuve, días atrás, la fortuna de vivir ambos acontecimientos cuando el ilustre Colegio Nacional de Salta convoco a profesores en actividad y retirados (Pastora Alderete de Torino y Miguel Korsatz, entre otros) así como a alumnos actuales y antiguos, con el propósito de celebrar el bicentenario de la nación argentina.
Se respiraba en el ambiente, y así lo expresaron los oradores, un reconocimiento unánime a la labor educativa e integradora del Colegio a lo largo de su más de 140 años de vida. Es que, por encima de los avatares políticos (que dividieron y dividen a los argentinos en bandos irreconciliados), y más allá de situaciones anecdóticas, el Colegio supo mantener su identidad pluralista y tolerante.
Si bien no tengo a mano datos que me permitan medir los estándares de calidad de la educación que se imparte hoy en sus aulas, creo firmemente que la enseñanza recibida por quienes cursamos el Secundario en los años 60 y 70, fue de alta calidad. Y lo fue tanto en los asuntos puramente académicos como en aquellos vinculados con la formación cívica, los valores y con el objetivo de la integración social.
Centrándome en el tiempo que viví como alumno, diré que por sus queridas aulas pasaron profesores que conocían a fondo sus materias y el arte de enseñar, y alumnos que sobresalieron luego en su trayectoria como hombres de bien o como profesionales de alto rendimiento.
Y añadiré que los clubes colegiales fueron, mientras existieron, escuela de participación democrática, de convivencia en la diversidad y, como no, de activismo cívico. A su vez, las actividades sociales (pienso en las célebres Veladas o en las procesiones de antorchas, recordadas por Fernando Saravia Toledo) y deportivas (recuerdo a nuestro invicto equipo de voleibol femenino) contribuyeron al desarrollo de las personalidades de los alumnos, y al florecimiento de aquellos añorados y fantásticos amores de estudiantes.
Como nadie tuvo ocasión de acordarse de ellas, permítanme ustedes un cálido homenaje a mis bellas compañeras elegidas reinas de los estudiantes y cuyos nombres omito (deslizo sólo el de Violeta) para no sobresaltar a sus nietos, aunque los recuerdo al igual que sus rostros y andares. Bellezas irrepetibles y que muchos de nosotros llevamos en triunfales carrozas por el centro de la ciudad.
En síntesis, una jornada emotiva, vivida alrededor de una de nuestras patrias más unificadoras, el colegio secundario y, en este caso, el Colegio Nacional de Salta.
(Para FM Aries)
Tuve, días atrás, la fortuna de vivir ambos acontecimientos cuando el ilustre Colegio Nacional de Salta convoco a profesores en actividad y retirados (Pastora Alderete de Torino y Miguel Korsatz, entre otros) así como a alumnos actuales y antiguos, con el propósito de celebrar el bicentenario de la nación argentina.
Se respiraba en el ambiente, y así lo expresaron los oradores, un reconocimiento unánime a la labor educativa e integradora del Colegio a lo largo de su más de 140 años de vida. Es que, por encima de los avatares políticos (que dividieron y dividen a los argentinos en bandos irreconciliados), y más allá de situaciones anecdóticas, el Colegio supo mantener su identidad pluralista y tolerante.
Si bien no tengo a mano datos que me permitan medir los estándares de calidad de la educación que se imparte hoy en sus aulas, creo firmemente que la enseñanza recibida por quienes cursamos el Secundario en los años 60 y 70, fue de alta calidad. Y lo fue tanto en los asuntos puramente académicos como en aquellos vinculados con la formación cívica, los valores y con el objetivo de la integración social.
Centrándome en el tiempo que viví como alumno, diré que por sus queridas aulas pasaron profesores que conocían a fondo sus materias y el arte de enseñar, y alumnos que sobresalieron luego en su trayectoria como hombres de bien o como profesionales de alto rendimiento.
Y añadiré que los clubes colegiales fueron, mientras existieron, escuela de participación democrática, de convivencia en la diversidad y, como no, de activismo cívico. A su vez, las actividades sociales (pienso en las célebres Veladas o en las procesiones de antorchas, recordadas por Fernando Saravia Toledo) y deportivas (recuerdo a nuestro invicto equipo de voleibol femenino) contribuyeron al desarrollo de las personalidades de los alumnos, y al florecimiento de aquellos añorados y fantásticos amores de estudiantes.
Como nadie tuvo ocasión de acordarse de ellas, permítanme ustedes un cálido homenaje a mis bellas compañeras elegidas reinas de los estudiantes y cuyos nombres omito (deslizo sólo el de Violeta) para no sobresaltar a sus nietos, aunque los recuerdo al igual que sus rostros y andares. Bellezas irrepetibles y que muchos de nosotros llevamos en triunfales carrozas por el centro de la ciudad.
En síntesis, una jornada emotiva, vivida alrededor de una de nuestras patrias más unificadoras, el colegio secundario y, en este caso, el Colegio Nacional de Salta.
(Para FM Aries)
sábado, 22 de mayo de 2010
El reto de incluir a los excluídos
Una requisitoria académica me propone el desafío de pensar acerca del futuro del trabajo en la Argentina. Al hacerlo, me invade una sensación de vértigo que proviene de los datos contemporáneos y de su proyección tanto en lo que se refieren a la Argentina como conjunto nacional, como cuando el pensamiento se centra en Salta y su futuro.
Me asiste la convicción de que en el inmenso territorio argentino coexisten dos países. Pero no se trata ya de aquella clásica división que por años enfrentó al puerto con el interior, sino de una división que atiende a la distribución del acceso a los valores, a los bienes materiales y espirituales, a los derechos fundamentales y, en última instancia, a la dignidad.
Las cifras más confiables muestran que casi 15 millones de hombres y mujeres que habitan en nuestro territorio nacional están excluidos o en riesgo de exclusión respecto de aquellos valores y derechos.
Esta profunda división social que separa a incluidos y excluidos, tiene muchos puntos de contacto con las categorías más usuales que se construyen alrededor de los binomios riqueza/pobreza o empleo/desempleo, pero las supera y desborda. Estar excluido es más grave que ser pobre o desocupado, en tanto significa la imposibilidad de acceder a la dinámica que conduce al bienestar dignificante.
Desde hace casi 40 años, las políticas púbicas no aciertan a la hora de fijar un itinerario que conduzca a incluir a esos millones de hombres y mujeres impedidos de participar en los beneficios de la liberad y del bienestar. Tan pertinaz desacierto tiene que ver, a mi criterio, con el diseño de medidas que no atinan a definir exactamente el problema, considerándolo pura y simplemente como un problema material, de carencias de rentas mínimas y de bienes básicos.
Sin embargo, una cosa es abordar el problema del desempleo de personas de algún modo insertas en la cultura del trabajo, y otra muy distinta es facilitar el acceso al empleo a las personas que, por razones históricas, sociales y familiares, han devenido inempleables.
Incluso, como lo muestra la experiencia inmediata, la educación básica común se revela incapaz de cumplir sus metas cuando debe atender a niños y jóvenes que provienen de aquel mundo terrible de los excluidos. Nuestros maestros, programas ni manuales están preparados para hacer frente a un desafío inédito por su magnitud.
Por razones vinculadas con la justicia y el futuro de la república, pero también por motivos económicos, la Argentina precisa incorporar a esos 15 millones de personas al proceso productivo. Incorporarlos también a la dinámica cívico-democrática para que dejen de ser masa al servicio de caudillos que, despreciándoles, les asisten para mantenerlos en su estado de exclusión.
El futuro demanda, entonces, nuevas políticas de educación y empleo especialmente diseñadas para lograr la cohesión social. Un desafío que reclama un amplio consenso político y la decisión de escuchar a quienes padecen las consecuencias de la exclusión.
Me asiste la convicción de que en el inmenso territorio argentino coexisten dos países. Pero no se trata ya de aquella clásica división que por años enfrentó al puerto con el interior, sino de una división que atiende a la distribución del acceso a los valores, a los bienes materiales y espirituales, a los derechos fundamentales y, en última instancia, a la dignidad.
Las cifras más confiables muestran que casi 15 millones de hombres y mujeres que habitan en nuestro territorio nacional están excluidos o en riesgo de exclusión respecto de aquellos valores y derechos.
Esta profunda división social que separa a incluidos y excluidos, tiene muchos puntos de contacto con las categorías más usuales que se construyen alrededor de los binomios riqueza/pobreza o empleo/desempleo, pero las supera y desborda. Estar excluido es más grave que ser pobre o desocupado, en tanto significa la imposibilidad de acceder a la dinámica que conduce al bienestar dignificante.
Desde hace casi 40 años, las políticas púbicas no aciertan a la hora de fijar un itinerario que conduzca a incluir a esos millones de hombres y mujeres impedidos de participar en los beneficios de la liberad y del bienestar. Tan pertinaz desacierto tiene que ver, a mi criterio, con el diseño de medidas que no atinan a definir exactamente el problema, considerándolo pura y simplemente como un problema material, de carencias de rentas mínimas y de bienes básicos.
Sin embargo, una cosa es abordar el problema del desempleo de personas de algún modo insertas en la cultura del trabajo, y otra muy distinta es facilitar el acceso al empleo a las personas que, por razones históricas, sociales y familiares, han devenido inempleables.
Incluso, como lo muestra la experiencia inmediata, la educación básica común se revela incapaz de cumplir sus metas cuando debe atender a niños y jóvenes que provienen de aquel mundo terrible de los excluidos. Nuestros maestros, programas ni manuales están preparados para hacer frente a un desafío inédito por su magnitud.
Por razones vinculadas con la justicia y el futuro de la república, pero también por motivos económicos, la Argentina precisa incorporar a esos 15 millones de personas al proceso productivo. Incorporarlos también a la dinámica cívico-democrática para que dejen de ser masa al servicio de caudillos que, despreciándoles, les asisten para mantenerlos en su estado de exclusión.
El futuro demanda, entonces, nuevas políticas de educación y empleo especialmente diseñadas para lograr la cohesión social. Un desafío que reclama un amplio consenso político y la decisión de escuchar a quienes padecen las consecuencias de la exclusión.
jueves, 20 de mayo de 2010
Belleza y dandysmo salteño en el cine nacional
Desde un punto de vista algo sesgado, podría decirse que la producción cultural de Salta está centrada en la poesía y en el canto folclórico. Pero una afirmación tal resulta, además de sesgada, inexacta.
Al menos en tanto pretende ignorar el renacimiento de los ensayistas, como lo acredita la cantidad y calidad de los que se han presentado al concurso convocado por la Fundación COSMOSALTA, o el contemporáneo florecimiento de nuestro cine de la mano de Lucrecia MARTEL y Alejandro ARROZ, por señalar los casos más expresivos.
Como sabemos, la historia del cine en Salta está aún por escribirse. Tanto en lo que se refiere a su desembarco en nuestra provincia, como en lo que atañe a los emprendimientos cinematográficos locales o a las producciones extranjeras que aprovecharon nuestras bellezas naturales y la buena voluntad de nuestros extras.
Quién más quién menos, tiene obvias noticias de TARAS BULBA filmada en las serranías de San Lorenzo y Lesser, aprovechando el parecido físico que vincula a los salteños con los cosacos y otras etnias euroasiáticas. Hay quienes están también al tanto de los éxitos de Cástulo Guerra en los escenarios estadounidenses, o de Delia Vargas en nuestros teatros y nuestro cine.
Pero la mayoría ignora la identidad de nuestros extras más destacados, y muy pocos son los que saben de otras aventuras cinematográficas protagonizadas por salteños.
El caso es que en esta semana me sorprendieron sendas noticias de una dama salteña y de un caballero salteño, vinculados al cine nacional.
En mi ignorancia, nunca había oído hablar siquiera de “Cerro Guanaco” la película dirigida por José Ramón Luna con música de Eduardo Falú y filmada en Catamarca en 1959. Para los salteños sesentistas, esta película prácticamente inhallable, tiene un atractivo mayúsculo: Ver en escena a una bellísima comprovinciana nacida en el norte de la Provincia de padres alemanes. Me refiero a Karen KNUTH, hoy retirada de los escenarios y que en “Cerro Guanaco” comparte cartel nada menos que con Floren Del Bene y Francisco de Paula.
La segunda de las películas cuyos vínculos con Salta desconocía es “Horizontes de piedra” que dirigió Román VIÑOLY BARRETO, sobre el libro “Cerro Bayo” de Atahualpa YUPANQUI, que fuera filmada en 1956 y premiada en el festival de Karlovy
> Vary (ciudad de la entonces Checoeslovaquia). En este caso, el nexo es el doctor Alberto Medrano Ortiz, por ese entonces un joven apuesto, un verdadero dandy, que residía en la calle Leguizamón al 400 y que, en tal carácter, tuvo la fortuna de frecuentar nada menos que a Julia Sandoval, primera actriz de “Horizontes de Piedra”.
Estos dos salteños, casi accidentales actores del cine argentino, trajinan aún, afortunadamente, nuestras calles, frecuentan el mismo café bizarro y lucen sus figuras cargadas de recuerdos, de prestancia y de sabiduría.
(Para FM Aries)
Al menos en tanto pretende ignorar el renacimiento de los ensayistas, como lo acredita la cantidad y calidad de los que se han presentado al concurso convocado por la Fundación COSMOSALTA, o el contemporáneo florecimiento de nuestro cine de la mano de Lucrecia MARTEL y Alejandro ARROZ, por señalar los casos más expresivos.
Como sabemos, la historia del cine en Salta está aún por escribirse. Tanto en lo que se refiere a su desembarco en nuestra provincia, como en lo que atañe a los emprendimientos cinematográficos locales o a las producciones extranjeras que aprovecharon nuestras bellezas naturales y la buena voluntad de nuestros extras.
Quién más quién menos, tiene obvias noticias de TARAS BULBA filmada en las serranías de San Lorenzo y Lesser, aprovechando el parecido físico que vincula a los salteños con los cosacos y otras etnias euroasiáticas. Hay quienes están también al tanto de los éxitos de Cástulo Guerra en los escenarios estadounidenses, o de Delia Vargas en nuestros teatros y nuestro cine.
Pero la mayoría ignora la identidad de nuestros extras más destacados, y muy pocos son los que saben de otras aventuras cinematográficas protagonizadas por salteños.
El caso es que en esta semana me sorprendieron sendas noticias de una dama salteña y de un caballero salteño, vinculados al cine nacional.
En mi ignorancia, nunca había oído hablar siquiera de “Cerro Guanaco” la película dirigida por José Ramón Luna con música de Eduardo Falú y filmada en Catamarca en 1959. Para los salteños sesentistas, esta película prácticamente inhallable, tiene un atractivo mayúsculo: Ver en escena a una bellísima comprovinciana nacida en el norte de la Provincia de padres alemanes. Me refiero a Karen KNUTH, hoy retirada de los escenarios y que en “Cerro Guanaco” comparte cartel nada menos que con Floren Del Bene y Francisco de Paula.
La segunda de las películas cuyos vínculos con Salta desconocía es “Horizontes de piedra” que dirigió Román VIÑOLY BARRETO, sobre el libro “Cerro Bayo” de Atahualpa YUPANQUI, que fuera filmada en 1956 y premiada en el festival de Karlovy
> Vary (ciudad de la entonces Checoeslovaquia). En este caso, el nexo es el doctor Alberto Medrano Ortiz, por ese entonces un joven apuesto, un verdadero dandy, que residía en la calle Leguizamón al 400 y que, en tal carácter, tuvo la fortuna de frecuentar nada menos que a Julia Sandoval, primera actriz de “Horizontes de Piedra”.
Estos dos salteños, casi accidentales actores del cine argentino, trajinan aún, afortunadamente, nuestras calles, frecuentan el mismo café bizarro y lucen sus figuras cargadas de recuerdos, de prestancia y de sabiduría.
(Para FM Aries)
lunes, 17 de mayo de 2010
"El asesinato político de ZP"
El diario EL PAIS de Madrid, en su edición de hoy, publica un artículo de José Luis Alvarez que quisiera recomendar a mis lectores. Lo he leído pensando (también) en la Argentina de 2001 en donde, en circunstancias parecidas, uno de los "asesinados" fue el Presidente de la Rua.
Las sociedades primitivas, en momentos de desconcierto o terror, cuando la escasez de recursos provoca la lucha entre sus distintos grupos de manera que la supervivencia de toda la comunidad está en juego, reaccionan de modo unitario, seleccionando y asesinando a un chivo expiatorio. En el ritual común de violencia, las ilusiones se unifican y renuevan con la esperanza de que, eliminada la encarnación personalizada del desastre o amenaza, todo volverá a la normalidad.
ver contenido en ELPAÍS.com
Las sociedades primitivas, en momentos de desconcierto o terror, cuando la escasez de recursos provoca la lucha entre sus distintos grupos de manera que la supervivencia de toda la comunidad está en juego, reaccionan de modo unitario, seleccionando y asesinando a un chivo expiatorio. En el ritual común de violencia, las ilusiones se unifican y renuevan con la esperanza de que, eliminada la encarnación personalizada del desastre o amenaza, todo volverá a la normalidad.
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