viernes, 10 de junio de 2011

Mora Judicial sin Indignados

En mi lejana juventud frecuente durante doce años los tribunales salteños. Unas veces como funcionario y otras como abogado litigante. He regresado ahora.

Muchos de mis amigos se jubilaron o han cambiado de oficio, de modo que me siento algo extraño en los espléndidos y poblados pasillos de la nueva ciudad judicial en donde a veces me detengo a observar modas, prestigios, rutinas, códigos que se me antojan diferentes a los de los años 60 y 70.

Sin embargo, hay dos cosas que llaman poderosamente mi atención.

Una es la agobiante morosidad en los trámites judiciales. La otra es la parsimoniosa resignación que ante ella manifiestan los principales actores de la vida de tribunales.

Las autoridades suelen exhibir orgullosas la incorporación de tecnologías informáticas en determinados aspectos de los procedimientos, como acaba de ocurrir con las notificaciones electrónicas dispuestas para el fuero laboral. Pero, a mi entender, el ritmo de los cambios es excesivamente lento como para abatir la mora y le pereza judicial. Daré algunos detalles.

Por ejemplo, la oralidad de ciertos juicios, pensada para acelerar trámites y mejorar la respuesta judicial, tropieza con los rudimentarios métodos taquigráficos. Los funcionarios que toman las audiencias carecen de las nuevas herramientas que facilitan la grabación y la recuperación de lo sucedido durante las mismas. Esto hace que las partes tengan que esperar meses para que se produzca la transcripción de lo actuado.

En el fuero del trabajo se multiplican las causas y los litigios, sin que las autoridades se hagan cargo del problema y decidan aumentar la dotación de jueces y funcionarios. Los trabajadores deben esperar años para obtener satisfacción a sus reclamos, ante el pasmoso silencio de los sindicatos y de las corporaciones que deberían protestar contra tal estado de cosas.

En el fuero federal de la seguridad social, donde tramitan los reclamos contra la ANSES, la situación es francamente crítica como lo ha puesto de manifiesto la Corte Suprema de Justicia de la Nación. En este caso, la mora judicial (impávida ante la edad o la salud de los demandantes de derechos evidentes) es provocada y alentada por la ANSES que prefiere un estado de cosas que le permite financiar decisiones políticas con los fondos que debería destinar a pagar sentencias.

En ambos ámbitos la mora alcanza a los autos y sentencias y al despacho que debería ser diario. En algunos casos, los letrados deben esperar meses simplemente para poder consultar los expedientes sepultados bajo montañas de papeles que no pueden desarmar ni la informática ni la voluntad humana.

Alguien debería hacer algo. Cuanto menos, protestar y proponer.

martes, 7 de junio de 2011

Casonas Misteriosas en Salta

Nuestra ciudad de Salta se caracterizó, prácticamente desde siempre, por contar con casonas señoriales, muchas de ellas construidas honradamente y con buen gusto dentro de un estilo que fue imponiéndose como característico.

Casonas donde se amó, se eludió o sucumbió ante los pecados capitales, se tejieron alianzas políticas y matrimoniales, se vivieron las mortales alegrías y las mortales tristezas.

Pero también existieron casas misteriosas sobre las que circulaban leyendas de todo tipo, como por ejemplo aquella al píe del cerro San Bernardo habitaba por un señor mayor que, se decía, vivía solo y presa de manías que ahuyentaban a los precavidos y atraían a los curiosos.

En otra, ubicada en la calle Santiago del Estero, un ingeniero sin diploma regenteaba un curioso laboratorio para hacer llover. Algunas de sus maquinarias infernales estaban a la vista, de modo que sobre todo los niños de la época nos dábamos una vuelta para ver el espectáculo del ingeniero y sus artefactos.

En uno de los tantos pasajes de la Salta de antes, vivía un caballero solterón que adivinaba el futuro y al que frecuentaban las niñas y damas de las familias autodenominadas beneméritas. Concurrían, naturalmente, casi a escondidas pues las artes del caballero chocaban con la ortodoxia religiosa.

Ya en las afueras, una famosa curandera de todos los males de cuerpo, atendía a deportistas, escépticos de la medicina, vecinos pobres y gente variada que concurría a su casa oscura y bienoliente y salía siempre aliviada y risueña.

Y a unos kilómetros del centro, un próspero emigrante trajo de Europa, piedra por piedra, un austero castillo que todavía embellece el paisaje de la quebrada de San Lorenzo.

Hoy, las cosas han cambiado al influjo de la prosperidad que beneficia, por derecha o por izquierda, a algunos comprovincianos que, cumpliendo añejos rituales, deciden manifestar su bienestar construyendo verdaderos palacetes que pronto quedan grandes y llaman siempre la atención de los viandantes.

Mi curiosidad está centrada en una de estas bellas casonas de reciente factura, rodeada de muros almenados, de árboles incipientes, que en las noches de fiesta ilumina su generoso parque con luces de colores y que en los días patrios luce las banderas de reglamento.

Sobre el recinto circulan, como antes, las más variadas leyendas inverosímiles: que hay lagos venecianos poblados de yacarés, que tiene gimnasio, discoteca, usuina, helipuerto, zoológico, museo propios. Unas veces la envidia y otras la maledicencia están en el origen de tamaños rumores.

Pienso que las personas tienen derecho a vivir como quieran y honradamente puedan. De modo que este anecdotario me trae sin cuidado.

Sin embargo hay algo que me preocupa: el desprecio de muchas de las nuevas construcciones por las normas medioambientales, y el deseo de algunos propietarios de regar jardines homéricos y pistas deportivas (golf, polo, pato, futbol) en tiempos de sequía. Y hacerlo aun cuando para ello haya que romper tranqueras y dejar sin agua al resto de los mortales.

jueves, 2 de junio de 2011

UN PELIGROSO DELINCUENTE USURPA MI IDENTIDAD

Estimados amigos y lectores:

Ayer me presenté ante la Justicia Nacional de Instrucción para ratificar la denuncia contra la persona (perfectamente identificada) que usurpa mi nombre y demás datos de identidad.

Entre otras maniobras complementarias, falsificó una delirante biografía en WIKIPEDIA en la que usando datos reales de mi vida familiar y profesional, incluía elementos imaginados por una mente delirante y delictiva.

El impostor actúa preferentemente en Buenos Aires, pero ha dejado sus engañosas huellas en otros sitios.

Quiero advertir que este señor se especializa (pese a sus años y a su triste figura) en acosar y engañar a mujeres, con promesas de todo tipo.

También exhibe ingentes recursos económicos para luego defraudar a los incautos. Ha cometido estafas a comerciantes y asociaciones sin fines de lucro.

Por una de estas maniobras delictivas fue detenido en Salta en un lujoso hotel céntrico, en donde se alojaba bajo identidad falsa, de lo que dio cuenta la prensa local.

Frecuenta peñas folklóricas. Se exhibe en vehículos con falsos permisos de libre tránsito falsamente emitidos por altos organismos del Gobierno de la Nación. Dice tener estrechas relaciones con las esferas oficiales.

Tiene entre 60 y 65 años y supo frecuentar el Colegio Militar de la Nación. Habla como salteño (pues aquí nació). Cuando se expresa parece tonto, pero no lo es.

Su tarjeta de presentación, que lleva mi nombre, invoca un falso título emitido por la Universidad de Harvard.

Ruego divulgar esta nota. Pronto anunciaré el número del Juzgado en donde está radicada la causa a fin de que los damnificados concurran a brindar su testimonio.

Salta, 2 de junio de 2011.

José Armando Caro Figueroa

La indignación española vista desde Salta (y IV)

En los años 70 y tras la muerte del dictador, los españoles, antes de que la indignación se transformara en insurrección general, decidieron avanzar hacia sus nuevas ilusiones. Lo hicieron a través de liderazgos jóvenes, valientes y de vocación democrática y europea que encontraron en el consenso la herramienta más eficaz.

Unos años antes, los argentinos nos indignamos contra la dictadura de Onganía y sus sucesores. Pero nuestras metas juveniles estaban teñidas de híper-nacionalismo, de voluntad de excluir (o incluso exterminar) al adversario diferente; rechazábamos por principio el diálogo y el consenso. Algunas fuerzas juveniles, mezclaron política y religión y se lanzaron al frenesí de la violencia logrando que el terrorismo ocupara el lugar de la política.

Incluso quienes no practicamos la violencia abrevamos en intelectuales que, desde la derecha o la izquierda, proclamaban posiciones radicales y antidemocráticas. Algunos digirieron mal a SARTRE; otros nos intoxicamos con HERNANDEZ ARREGUI (autor al que hoy todavía leen con veneración los que mandan) pasando por alto sus contenidos fascistas de izquierda.

Nuestra indignación de entonces tumbó a la dictadura, pero también al gobierno que, en 1973, surgió de las urnas con vacilantes invocaciones democráticas. Nadie supo ni pudo frenar la espiral de violencia y el terrorismo siguió imponiendo su ley feroz hasta 1983. Concluido el ciclo terrorista, algunos decidieron continuar la batalla del odio por otros medios.

Por eso alienta comprobar que los españoles que hoy se indignan lo hacen renegando expresamente de la violencia y de su fraseología engañosa que exalta el odio. Unos de sus guías intelectuales, Stephan HESSEL, está convencido de que el futuro pertenece a la no-violencia, a la conciliación de las diferentes culturas.

Y añade que “Por esta vía, la humanidad deberá franquear su próxima etapa. Tanto por parte de los opresores como por parte de los oprimidos, hay que llegar a una negociación para acabar con la opresión; esto es lo que permitirá acabar con la violencia terrorista. Es por eso que no se debe permitir que se acumule mucho odio”.

Antes de proclamar la indignación como virtud cívica, HESSEL previene a los jóvenes contra la indiferencia; quién dice “yo no puedo hacer nada, yo me las apaño”, pierde uno de los componentes esenciales que hacen al ser humano; la capacidad de indignarse y el compromiso que nace de ella.

A la luz de estas palabras suenan absurdas las manifestaciones de los agentes vernáculos del odio que se dicen precursores de los indignados españoles. Ignoran que estos demandan más y mejor democracia, mayor justicia y fraternidad; aquellos indignados quieren seguir viviendo en paz y libertad e integrados en el mundo.

lunes, 30 de mayo de 2011

La indignacion española vista desde Salta (III)

Me he referido en columnas anteriores a las principales manifestaciones de la crisis económica y política que afecta a España y que, como se sabe, está generando movilizaciones que expresan la indignación de miles y miles de personas.

Uno de los inspiradores intelectuales del inédito movimiento español es el pensador Stephan HESSEL, de 93 años, que trabajó entre los redactores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, quien con un manifiesto de no más de 30 páginas está contribuyendo al despertar de conciencias, inquietudes y responsabilidades.

Seguramente nuestro señor Urtubey se habrá sorprendido ante tan evidente desmentida de su tesis de que solo cabe esperar algo nuevo y valedero de los jóvenes que, como el, abrevan en las exclusivas fuentes de la sabiduría.

El contraste entre ambos pensamientos y comportamientos es abrumador: Mientras que nuestro Gobernador es un adalid del pasado y celoso velador del régimen excluyente, el anciano profesor HESSEL mueve multitudes impugnando inequidades y verdades establecidas.

La señora Presidenta, guía de nuestro Gobernador, en un rapto de entusiasmo verbal, ha dicho que los indignados españoles están luchando por conseguir lo que hoy, gracias a su modelo, disfrutamos los argentinos.

Pero eso no es sino un tremendo error. Poco menos que una apelación propagandística y autorreferencial, propia de quién mira el mundo como quién contempla su delicado ombligo. Si bien es cierto que la indignación todavía no es el talante de la mayoría de los argentinos, es igualmente cierto que los españoles descontentos con su realidad difícilmente la cambiarían por la realidad argentina que multiplica las lacras que les indignan.

Aquí los desocupados se llaman excluidos o se esconden tras la fachada de subsidios magros y clientelares y de bajos salarios; los banqueros y los amigos del poder ganan dinero como nunca; las grandes corporaciones, entre ellas los sindicatos, conservan antiguos poderes; el régimen político no es ni siquiera bipartidista, pues quienes mandan se han encargado de destruir a los partidos que podrían amenazar su hegemonía.

¿Cómo los indignados españoles se mirarían en el espejo salteño siendo que aquí la Ley electoral, en combinación con hábiles maniobras, le aseguran al señor de Las Costas (antes Juan Carlos, hoy Juan Manuel), no ya el 60% de los votos, sino el 90% de los representantes legislativos?

La diferencia entre España y Salta está, a mi modesto entender, entre estilos de santidades: La Santa Indignación española es en Salta Santa Resignación.

Dado que nuestras mayorías están mejor que en otras épocas, temen estar peor, y no son dadas a las grandes inquietudes de futuro, continúan comprando eslóganes, caras lindas, y triquiñuelas. Al menos por ahora.